domingo, 25 de octubre de 2009

La noche

Lo que deshacemos durante el día, la noche lo reconstruye.

Las incógnitas que componen la noche sobrepasan las leyes que configuran cualquier ecuación jamás conjeturada. ¿A dónde va cada noche pasada? Se puede pensar que todo alba tiende un puente por el que esa noche, recién desaparecida, se funde de inmediato con las lejanas noches, originales y primigenias, en las que el Caos no se daba tregua a sí mismo, al tiempo que configuraba sueños perdurables, mitos arcaicos, leyes universales...

Lo que deshacemos durante el día, la noche lo reconstruye, como si de una segunda y particularísima ley de una inexistente termodinámica se tratase. Luces cautivas que rondan alrededor de las completas; heptasílabos que buscan manos que los inmortalicen; indómitas tinieblas que de continuo se debaten entre la razón y el odio; el rocío perfumado con el que cada noche las estrellas riegan los desiertos; fanales que solo guían al silencio, trasunto de la noche como el día lo es de la palabra; soledades perennes, arropadas por voluntariosos mantos de esperanzas; escenarios irreales donde dioses y humanos cruzan anhelos, pasiones y quimeras... Es la noche.

Hoy los relojes se vuelven más tiranos y adelantan la noche, que acaba de entrar con su paso mudo y taciturno, inundando el espacio con negruras admirables, soberbias, secretas.

Son las diecinueve y veinte. Un acogedor y tibio regazo se adivina en un futuro inmediato. Ya se nos ocurrirá qué le entregamos a cambio.

Pepe Amodeo

jueves, 15 de octubre de 2009

Sevilla, Damasco, Taormina...

Mañana se entregan los premios del IV Certamen Literario Apoloybaco. Pepe Amodeo y yo celebraremos todos los premios que concede, generosamente, esta asociación -a la que hemos visto crecer saliendo de la nada-, pero de una manera especial el de Poesía, que ha recaído en la poeta sevillana María Sanz. Hay pocos asiduos a este blog, pero a quienes se asoman al mismo con cierta frecuencia no les extrañará esta continua presencia, dado el interés que siempre hemos mostrado por divulgar, de manera modestísima, claro, los acontecimientos editoriales y los recientes éxitos de MS. (Veáse aquí y aquí),

Por razones que no vienen al caso hemos tenido acceso al poemario presentado a concurso. Diez poemas conteniendo diecinueve versos, exactos, en cada uno de ellos. La estructura de los poemas se asemeja a la silva clásica, es decir, heptasílabos y endecasílabos que riman de manera libre. Pero estas formalidades poéticas con las que se ven adornadas los poemas recogidos en La luz no usada –tal es el título del trabajo premiado-, con ser importantes, no son, a nuestro entender, el mayor merito. La ciudad, su ciudad, es decir, Sevilla, es la destinataria final de unos poemas que invitan al sosiego de la luz detenida en conventos, colegiatas y arrabales, pero también reivindicar la memoria de Axataf, ese entregador de la Sevilla musulmana al inefable Fernando III que ...sentía partir hacia su historia / jamás rendida, siempre / entregando unas llaves, / pero no la amargura de perderlas.

A diferencia del imaginario de Italo Calvino en Las ciudades invisibles, una gran colección de sueños poblados por arquetipos de urbes rotundas y magníficas, la que propone MS es una ciudad que proyecta escorzos imposibles (No ha subsistido, sólo/ compone la estatura / que se espera de tanta nombradía, / visión desde las bóvedas / reflejada en mecido campanario), portadas de templos que sustentan el recuerdo de una gubia imaginaria, o el anidamiento de los siglos sobre barbacanas y yesos medievales. La circunstancia es Sevilla, pero, en abstracción, podría estar hablando de Damasco, Florencia, Cádiz o Taormina. MS sabe que cada ciudad es un universo que tiene como pilares el transcurrir de los siglos y la luz inagotable, no siempre usada o registrada, que refleja y devuelve su arquitectura.

Es más que probable que el poemario sea parte de un libro más amplio, más extenso que ojalá veamos prontamente editado. Aguardando su aparición nos consolaremos con este poema, otra apuesta por su ciudad, en conmovedora clave mística.

LA CIUDAD

La ciudad que se eleva
en nombre de su cielo,
entre las espadañas
y el aire de sus torres;
la ciudad que se alumbra
con mármoles romanos,
con oros de las Indias
y de los palios místicos,
es la misma que me hunde
en sus atardeceres
lentos como una herida
sin cerrar; en sus noches
amargamente lentas,
como otra herida propia
de quien debe morir,
amándola, sin nadie
.

María Sanz.
Tanto vales, 1996

CG / Pepe Amodeo

jueves, 1 de octubre de 2009

Cine en Nueva York (New York Movie, 1939)

En la mayoría de los cuadros de Hopper sólo se observa una figura. La luz, los pocos objetos, o decorados, que rodean a esta figura componen casi siempre una instantánea, un tiempo suspendido previo a algún acontecer, intuido solamente por quien observa. Este cuadro, que se encuentra en el MoMA de Nueva York, fue pintado en 1939, hace ahora setenta años. En aquella época, incluso en años posteriores, acudir a una sesión de cine era hacer concesiones a un mundo mágico, irreal, un mundo para la introspección y la fantasía, donde no tenían cabida elementos ajenos a lo que transcurría en la pantalla. La acomodadora de esta pintura, rubia y esbelta, recibe una luz directa sobre cabellos y hombro desde el aplique de pared que queda por encima de su cabeza. Más arriba de la escalera se adivina un espacio mejor iluminado, ocluido por la distancia y el pliegue de las cortinas. La joven, en actitud de espera, parece meditar sobre algo, y su mirada se pierde en un punto indeterminado del suelo o de la sala de butacas. La mano derecha, al apoyarse sobre la mandíbula, refuerza la expresión ensimismada del rostro, mientras que la izquierda, además de hacer de soporte del codo, deja entrever una linterna. Viste un sobrio uniforme cuya linealidad se interrumpe cuando detenemos la mirada en sus pies, calzados con zapatos de tacón elevado y tiras, muy elegantes. Un esbozo de columna salomónica separa la escena de la obligada oscuridad de la sala de proyecciones, donde la luz turbia de los grises surgidos de la pantalla se ven neutralizados por el efecto anaranjado de los focos del pasillo. Tan solo un perfil masculino se insinua en la zona de los espectadores y no es en absoluto necesario adivinar cuál es la película que está siendo proyectada. La tiniebla que inunda el cuadro es circunstancial, no tenebrosa, y en ella se respira un fugaz reducto de solitud y recogimiento. El hechizo de la inmovilidad, del instante suspendido, que a menudo desfila ante nuestros ojos sin que sepamos atraparlo.

CG / Pepe Amodeo